El mejor laberinto que podría construir, sería uno con dos entradas por lado, cada una de las cuales estaría representada por un número. Construiría la estructura en virtud de este singular sistema: por cada una de las dos entradas, es decir 1 y 1(n) respectivamente, distribuiría X cantidad de pasillos, y por ende, X cantidad de intersecciones. Para determinar el número de pasillos, sumaría X + X(n), es decir, sumaría la cantidad de pasillos resultantes, con su producto inmediatamente anterior.
Para comenzar, sumaría el primer pasillo, es decir 1, con el segundo pasillo, es decir 1(n). A su producto le sumaría la cifra inmediatamente anterior, generando un orden proporcionalmente creciente de pasillos, y por ende, un orden proporcionalmente creciente de intersecciones. Esta progresión numérica, y porqué no topográfica, estaría distribuida prolijamente en la superficie infinita de cualquier materia. La primer secuencia sería de una intersección por lado, la segunda constaría de dos intersecciones por lado, la tercera de tres, la cuarta de cinco, la quinta de ocho, la sexta de doce y así subsiguientemente.
Si graficáramos el plano, obtendríamos una proyección creciente de X(n) en su segmento vertical. Deberíamos obviamente evitar la yuxtaposición de pasillos, dilatando los espacios vacíos entre aquellos, horizontalmente. Así pues, garantizaríamos una extensión razonable y suficiente de ramificaciones sin necesidad de superponer pasillos contra pasillos.
Para emular las dimensiones de la física, los lados del laberinto serían 4, o si se prefiere, serían 3 y un cuarto, llamado tiempo, que sólo se manifestaría indirectamente sobre los otros tres.
A medida que elijamos un pasillo, nos iremos acercando o alejando del centro del laberinto, y esto variará la percepción de tiempo, así pues, a medida que nos acerquemos al centro el discurrir de las cosas irá acercándose a 0, mientras que los pasillos exteriores de la estructura, se aproximarán al de una aceleración infinita. Como el tiempo es sólo una manifestación externa, será necesario comenzar con un participante por lado, garantizando la interacción entre uno y otro a través de un pasillo determinado, cuya existencia es marginal e improbable, pero ineludible.
El laberinto, descansando sobre una superficie cualquiera, de ser plano, violaría las leyes de la física. Su forma, sin serlo, será pues semejante al de una esfera, aunque achatándose en su ecuador, imitando casi la forma de una pera.
Como ya hemos dicho, cada secuencia de intersecciones, será la suma de las dos anteriores, pero impondremos cierta singularidad; por cada 7 números primos resultantes, introduciremos una nueva esfera que imite a la anterior, y que aunque más pequeña, poseerá la misma cantidad de intersecciones, afectando sólo las proporciones de las mismas.
El centro, siguiendo las reglas básicas de toda lógica, será aquel cuyo tamaño sea inferior al de la estela que genere el paso de los participantes. Triunfando quien llegue primero al mismo, al momento en el que se produzca el inevitable atoramiento del participante, quien gozará indudablemente del más envidiable premio, es decir, la eternidad.
Para garantizar el estado óptimo del sistema, será necesario acotar que quien se aventure hacia los extremos deberá soportar, como ya hemos aclarado, una aceleración infinita y por ende, perderá el juego. Gracias a la inexistencia de magnetismo en la estructura, será imposible identificar un punto cardinal, y por lo tanto, no será posible determinar una posición exacta y eludir así el peligro que supondrían los lados más externos del núcleo. También impondríamos el siguiente comportamiento; por cada vez que se elija un lado determinado, no se podrá luego elegir el contrario. Por lo tanto, de virar hacia la izquierda, en las siguientes cuatro intersecciones, no se podrá virar hacia la derecha, y viceversa, esto garantizará cierta eficacia en relación a la regla anteriormente expuesta, es decir, el de la inexistencia de un punto cardinal determinado.
Los primeros pasillos, no serían tales en función de la estructura, sino sólo en función del recorrido, evitando el exceso de vacío y por ende, el de una extensión determinada de superficie imposible de recorrer. Las rectas meramente abstractas que testifiquen el recorrido, podrán desde luego ser recorridas nuevamente, pero estará prohibido cortarlas. La forma de cruz evidenciará inmediatamente este suceso.
Cuanto mayor sea el número de participantes que consigan llegar al núcleo, más improbable será, para los siguientes, no alcanzarlo, dado que el mismo crecerá en la medida en la que sea alimentado por los competidores. Del mismo modo que, cuanto mayor sea el número de participantes que se precipiten hacia el exterior de la estructura, mayor será el espacio de la estructura. Dicho lo cual, diremos que de mantenerse en un 50% y 50% la cantidad de participantes que terminen en uno u otro lado la estructura se mantendrá invariable Si por el contrario, la materia del núcleo crece en detrimento del vacío, las posibilidades de adentrarse al núcleo aumentarán paulatinamente, y viceversa, de aumentar el vacío, las posibilidades de llegar al núcleo caerán paulatinamente.
Finalmente, cabe aclarar, que el comienzo del recorrido no podrá darse en la esfera exterior, sino, exactamente, en la estructura cuya distancia y posición esté entre una (el núcleo) y otra (el vacío), igualmente proporcionada.
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